Social media tips: Contar hasta 10 antes de publicar un tuit

Vale decir que antes de Facebook, la interacción a través de la Web estaba regida mayormente por el anonimato. A la hora de comunicarnos en el ámbito virtual, los usuarios estábamos acostumbrados al seudónimo: las salas de chat solicitaban uno, muy pocas el nombre y el apellido, y la información de la vida personal estaba resguardada en nuestro disco rígido, no en la nube. Incluso, si alguien solicitaba datos reales, los usuarios solíamos huir despavoridos.

De la mano de su exitosa red social, Mark Zuckerberg alteró de cuajo aquella norma. Facebook exige nombres reales y millones de usuarios alrededor del mundo hemos consentido a otorgarlos, decirlo en voz alta y a los cuatro vientos. Salvo extrañas excepciones, de muy poco serviría utilizar un nickname en tal entorno, basado en la creación de vínculos virtuales aunque sustentados en el conocimiento real entre las personas.

Al crecimiento de Facebook le siguieron otros espacios sociales. Si bien al arroba de Twitter no le sigue, necesariamente, el nombre verdadero del usuario; la lógica otorgada por el uso indica que la mayoría de los tuiteros enlaza su identidad con la participación en 140 caracteres. Incluso existen políticas de la compañía del pajarito para determinar si el usuario se corresponde con una identidad real que dice poseer. LinkedIn es otro caso interesante, donde la presencia de datos verídicos es fundamental para sacar provecho de sus beneficios estrechamente relacionados al ámbito laboral.

En este contexto, cabe indagar el justo peso y valor de los dichos vertidos en las redes sociales. Con una herencia vinculada al anonimato -arriba repasada-, es usual toparse con participaciones virtuales que, seguramente, no hubieran sido sostenidas en una conversación cara a cara y mucho menos vociferadas en un foro público.

Ocurre que el contexto engaña: Solos, frente a un monitor de computadora, no es cierto que estemos en soledad. Esta ubicación, en ocasiones, puede confundirnos. Ello provoca que muchos usuarios publiquen contenido que, al caer en cuenta de su masividad y de la directa relación con su identidad real, causa veloz arrepentimiento.

Son famosos los casos de celebridades que han sufrido grandes reveses por opiniones vertidas en Twitter; seguramente no hubieran hablado del mismo modo en una entrevista televisiva. Se han hecho públicos numerosos casos de empleados de compañías que han sido despedidos por alguna participación controvertida en una red social. Y no son pocos los que pretenden eliminar imágenes privadas que, una vez subidas a un espacio social de la red, de dispersó en cientos de sitios.

Los especialistas en interacción 2.0 aconsejan contar hasta diez antes de publicar un tuit, una fotografía en Facebook, o un pensamiento en cualquiera de las redes sociales de Internet. Ocurre que, en gran parte gracias a Mark Zuckerberg, hoy las opiniones virtuales llevan nombre y apellido.

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