Anécdotas insólitas del mundo informático

Todo comenzó en una reunión entre amigos. Habíamos comido muy bien y ya estábamos por el café; entonces se me ocurrió contar que hace poco tiempo había vendido vía Web una Atari 2600, creyendo estar haciendo un gran negocio. Cuando uno de mis invitados consultó cuánto dinero me habían entregado a cambio de la mítica plataforma de juego, vi que su rostro se pintaba de rojo, parecía de veras enojado. Sin llegar a insultarme (aunque creo que estuvo cerca de hacerlo) me dijo que podía haber conseguido veinte veces más, quizá cincuenta. Sostuvo con el brazo en alto que la consola hoy es parte del tesoros de un coleccionista que supo aprovecharse de mi inocencia gamer.

Cuando logré calmar su euforia, la conversación derivó en una ronda de anécdotas cuyo factor común fue, sin más, la ignorancia en el mundo de la tecnología. Una de los comensales fue el encargada de dar el puntapié inicial:

“Una tarde recibo un llamado a mi casa, era mi padre que estaba preocupado porque un componente de su computadora estaba fallando”, comenzó diciendo. Continuó: “Mi padre, quien se había acoplado a la informática hace no más de tres años, me decía que el posavasos del CPU no funcionaba correctamente. A pesar de las preguntas no lograba comprender a qué se refería con ‘posavasos’. Tuve que ir hasta su casa para sorprenderme con la escena. Mi padre utilizaba la lectora de CDs para apoyar un gran vaso que llenaba de gaseosa“.

Tras intensos minutos de risa llegó el turno de una de las damas, quien tomó la posta. “Yo también recibí una consulta. Era un amigo de la familia que decía que no tenía éxito con uno de esos softwares de la década del noventa, los cuales requerían intercambiar los diskettes durante la instalación. Explicaba que con el primero todo marchaba perfectamente, pero que cuando el sistema solicitaba el segundo comenzaba a oír ruidos y al quinto ya se detenía el proceso. Resulta que, en vez de quitar uno y colocar el disco siguiente, el hombre iba insertándolos en la ranura hasta que la tarea, por la acumulación, resultaba imposible”.

Hubo lugar para muchas anécdotas. Ahora elijo una de ellas, para dar fin a este repaso. Mi madre, una mujer muy inteligente pero muy poco apegada a las computadoras, estaba de visita en mi casa y me comentó que su hermana había escrito un correo electrónico en el que había incluido fotografías de su último viaje por Nueva York. Al instante le propuse que revisemos su casilla en mi computadora, a lo que ella pronto respondió: ”No va a poder ser, mi heramana envío el email a la mía”.

El desconocimiento a veces puede dar espacio a historias divertidas, aunque en carne propia no lo son tanto. Recuerdo la tristeza que experimenté cuando era un niño el día que trajeron a casa nuestra primera computadora. Un técnico había estado más de dos horas conectando cables e instalando programas. Cuando se fue, escribí en el viejo sistema operativo D.O.S el comando ”format C:”. Luego, fatalmente, pulse enter.

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